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LOS EMPRESARIOS NO DAN TRABAJO, NECESITAN DEL TRABAJO AJENO PARA INCREMENTAR SU DINERO.

  • Foto del escritor: Prof. Cristian Giambrone
    Prof. Cristian Giambrone
  • 8 mar
  • 4 Min. de lectura
Los empresarios no dan trabajo, al contrario, necesitan el trabajo ajeno, que es el que en verdad crea la riqueza.
«El trabajador no tiene valor porque es la fuente creadora del valor, tiene dignidad, que es mucho más que mero valor» Enrique Dussel.

Los empresarios no dan trabajo, al contrario, necesitan el trabajo ajeno, que es el que en verdad crea la riqueza.

Lo cierto es que, sin los trabajadores, las empresas no pueden funcionar ni un solo día:


«¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas? En los libros aparecen los nombres de los reyes. ¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?»


Eso se cuestiona Bertolt Brecht en “Preguntas de un obrero que lee”

Cuando los trabajadores hacen paro, muchas veces se mide su impacto en el costo económico de esos días improductivos: «El paro generó pérdidas por “x” millones de dólares» dicen los titulares y los informes.


Entonces, ¿quiénes son los que generan la riqueza? Toda riqueza la crea el trabajo/los trabajadores, no los empresarios, quienes tampoco dan trabajo, sino que (repito) lo necesitan como se necesita el agua (aunque ahora el gobierno de Milei esté entregando el agua a cambio de... el saqueo de los recursos del país).


Toda riqueza la crea el trabajo/los trabajadores, incluso (o sobre todo) aquella que luego los empresarios o capitalistas invierten para aumentar el plusvalor relativo[1].


Ellos hacen crear la riqueza a otros, se la apropian (o expropian a través de regímenes de legalidad impuestos a punta de balas y cañones desde la acumulación originaria), y la reinvierten en nuevos negocios (no necesariamente productivos) que les dan generosos beneficios, pero los trabajadores y las trabajadoras nunca ven un aumento en sus salarios al ritmo del aumento de su propia productividad. Lo que sí les aumentan son las horas laborales (como vemos en la reforma laboral del gobierno de Milei).


Esto sucede porque la vida humana, bajo las lógicas del mercado, es vista como mera mercancía. Karl Polanyi lo explica claramente:


«La producción es interacción entre el hombre y la naturaleza; para que este proceso se organice a través de un mecanismo autorregulador de trueque e intercambio, el hombre y la naturaleza deberán ser atraídos a su órbita; deberán quedar sujetos a la oferta y la demanda, es decir, deberán ser tratados como mercancías, como bienes producidos para la venta.»[2]


¿Y qué dice Adam Smith, el padre del liberalismo económico, al respecto?


«Tan pronto como el stock se acumula en poder de personas determinadas, algunas de ellas procuran regularmente emplearlo en hacer trabajar a gente laboriosa. Todo hombre es rico o pobre según el grado en que pueda gozar de las cosas necesarias (...) La mayor parte de ellas se lograrán mediante el trabajo de otras personas, y será rico de acuerdo con la cantidad de trabajo ajeno de que pueda disponer.»[3]


Esto es así, porque en el régimen laboral capitalista es imposible progresar con un empleo:


«una vez que la división del trabajo se ha consolidado, el propio trabajo de cada hombre no podrá proporcionarle más que una proporción insignificante de esas tres cosas (necesarias, convenientes y agradables de la vida).»[4]


Ahora bien, no se puede disponer del trabajo ajeno si no se tienen o no se acceden a privilegios que permitan explotar a los demás. La única opción que el sistema le permite al 99% de la población mundial es la de buscar un empleo con el que acceder a un salario (con el que ya sabemos que no se hará millonario y el estatus quo, de esa manera, permanece fuera de peligro).


¿Y cuáles son las condiciones materiales para lograr que las personas entren en tan desventajoso sistema, en apariencia, por propia voluntad?  Enrique Dussel, siguiendo a Marx, explica que:


«Hay que ser pobre para poder ser después clase obrera, ya que, si no fuera un pobre que no tiene absolutamente nada para vender sino su propia y desnuda corporalidad, no se vendería a cambio de dinero (el salario).»[5]


La dignidad humana está más allá de toda valoración de mercado, porque es la fuente, el origen absoluto, de la creación de valor (capital).


No es el trabajador el que debe agradecer las migajas al capital, sino el capital el que debe dar las gracias al trabajador, que es el origen de esa vida objetivada y acumulada bajo la forma de capital, vida que el capitalista chupa como un necrófilo vampiro.


Lo trágico es que se trata a la persona que trabaja, no como fuente, sino como un insumo más del mercado en la cadena productiva, siendo el salario, no la retribución en justicia del proceso de creación de riqueza, sino un componente más del costo de producción que calcula el opresor en su búsqueda de aumentar el lucro (plusvalor + ganancia).


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Referencias:

[1] Plusvalor relativo: el incremento de la ganancia del capitalista mediante el aumento de la productividad del trabajo (manteniendo el salario congelado) cuando ya no puede extender más la duración de la jornada laboral.

[2] Polanyi, Karl, La Gran Transformación, Fondo de Cultura Económica.

[3] *Smith, Adam, La Riqueza de la Naciones, 1776.

[4] Ídem

[5] *Dussel, Enrique, Siete Ensayos de Filosofía de la Liberación.

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