LA CREACIÓN SIN MAÑANA: REBELDÍA CONTRA EL ABSURDO.


¿Vale o no vale la pena vivir la vida?
Esa es la cuestión fundamental de la filosofía para Albert Camus en El Mito de Sísifo.
En el plano individual esa cuestión es más importante que saber cómo escribir un prompt para Chat GPT o saber si se puede o no transmitir información por medio del entrelazamiento cuántico.
«Nunca he visto a nadie morir -Dice Albert Camus- por el argumento ontológico.»
Pero sí vemos a muchos irse voluntariamente de esta vida porque encuentran motivos para considerar que la vida no merece la pena ser vivida. Incluso hay quienes están dispuestos a dejarse matar por principios y valores que, paradójicamente, les ofrecen una razón para vivir.
«No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio.»
Este tema es el problema fundamental, como ya dije, en el plano de la relación entre el pensamiento individual y las razones de vivir. Tratar el tema como fenómeno social no es el objetivo de El Mito de Sísifo.
«Un gesto como ese se prepara en el silencio del corazón.»
Por eso, morir voluntariamente es, la mayor parte de las veces, es el resultado final de haberse dejado minar la mente, aunque sea inconscientemente, de ideas nihilistas, es decir, abrigar pensamientos pesimistas, negativos, que poco a poco van negando una razón para vivir, van afirmando el absurdo de estar vivo y considerando la inutilidad de todo sufrimiento.
«Comenzar a pensar -en estas cosas- es comenzar a estar minado.»
Poder explicar el mundo, encontrar (o crear) sentidos, coherencias y unidad, hace que el mundo nos resulte familiar.
En cambio, si nos vemos incapaces de tal operación, nos encontramos privados de claridad mental, de ilusiones, y nos sentimos como extranjeros, incomprendidos. Es la alienación que nos separa del apego natural a la vida, el apego del cuerpo que retrocede instintivamente ante la aniquilación.
Sin embargo, negarle el sentido a la vida, no conduce de manera inevitable y necesaria a rechazarla. Ningún filósofo nihilista o existencialista que le haya negado un sentido a la vida ha sacado la conclusión lógica de que hay que dejar de vivir voluntariamente.
Una cosa es el absurdo teórico, el lógico, el racional, y otra muy distinta es ese absurdo existencial que cualquiera puede sentir de improviso, a la vuelta de una esquina o en la puerta de un bar, cuando “se derrumban los decorados” y vemos nuestras ridículas, patéticas y monótonas vidas:
«Despertar, tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica (o de home office), comida, tranvía, cuatro horas de trabajo, cena, sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado al mismo ritmo.»
Hasta que un día, sin quererlo, intempestivamente, surge el “porqué” de esta vida maquinal, de consumo, de hedonia depresiva, de un crónico placer culposo que sobreviene después de 2hs de scrolleo chatarra en Instagram o Tiktok.
En ese estado, en esa súbita toma de conciencia de la ridícula y patética vida de absurdo consumo sin fin y sin sentido último, nos encontramos con el aburrimiento existencial que a todos nos llega tarde o temprano como efecto inevitable de una vida maquinal, hiperproductiva, hiperconsumista, de redes y apariencias que al final no llenan ningún vacío.
Es ese aburrimiento que deriva en licencias laborales por agotamiento mental, depresiones, ataques de ansiedad, incertidumbres angustiantes y demás síntomas propios de una crisis y una decadencia civilizatorias que, más tarde o más temprano, con esas «sangrientas matemáticas que ordenan nuestra condición», fracturan y trituran cualquier psiquis.
Este camino es un largo despertar de la conciencia, en el que, si no nos dejamos anestesiar para volver inconscientemente a las cadenas, al final llega la consecuencia: la creación sin mañana, ese santo decir sí a la vida en el que, ante la ausencia de un mañana trascendente, aprendemos a "respirar con lo absurdo" y a convertir nuestra propia vida en una obra de arte.
Un acto de creación cuya grandeza es la rebeldía contra la muerte para afirmar la vida. El absurdo es en sí mismo un impedimento para buscar una justificación trascendente a la vida. Pero la vida es en sí misma su propia justificación: «Respirar es juzgar (que la vida vale por sí misma).»
«El arte y nada más que el arte —dice Nietzsche—. Tenemos el arte para no morir de la verdad.»
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